Trasladar la magia de Tolstói, más aún de su obra maestra "Anna Karenina" es un proyecto muy ambicioso, pero a pesar de eso Joe Wright ha captado en cierta manera esa esencia. Su especialidad son las películas clásicas, que se siguen manteniendo vivas en el tiempo y que muestran que los personajes de antes no tienen nada que envidiar a los de ahora.La historia se desarrolla en la Rusia aristócrata del siglo XIX, donde su sociedad era sofisticada y opulenta; y se centra en el personaje de Anna Karenina una mujer de alta sociedad casada con un alto cargo del gobierno, en el que en su camino se interpone un joven y apuesto oficial llamado Vronsky, y los dos se enamoran perdidamente uno del otro. Anna debe elegir entre seguir el amor verdadero y ser la comidilla de la sociedad o continuar infeliz ante el matrimonio impuesto y su amado hijo.
Como se trata de Joe Wright, su actriz fetiche es no otra que Keira Knightley que interpreta a Anna Karenina, un trabajo para el que sin duda parece haber nacido para ello. Interpreta todas las perspectivas brillantemente y completa totalmente la esencia de la mujer que Tolstói quiso expresar. Por otro lado los dos hombres protagonistas tanto Karenin interpretado por Jude Law y Vronsky por Aaron Taylor-Johnson son excepcionales en los ámbitos en los que Ana quiere ser participe: esposa, madre y amante; aunque a Vronsky le falte vida al final del film. Y como apunte el característico Stiva, hermano de Anna, quien le da cuerpo Matthew Macfadyen, y que lo hace con una extravagancia muy buena (quien fue el enamorado Darcy en "Orgullo y Prejuicio").
El argumento muy bien estructurado, pero lo que yo eché en falta fue más sentimiento en el final, que no fuera tan seco y repentino, que tuviera más emoción y menos rectitud. La película desde luego tiene merecido su Óscar a mejor vestuario, porque la espectacular ambientación y extraordinaria puesta en escena es un grandioso y merecido trabajo, además de las elaboradas y enigmáticas coreografías.
En conclusión, merece la pena verla, aunque sólo sea por ver el esplendor de la aristocracia y su ansia inevitable por la rebeldía del amor.
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